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El Greco
Fray Hortensio Félix Paravicino, ca. 1609-1613
Hace veinte años entré en una sala del Prado donde había
parte de una exposición monográfica del Greco y donde
esperaba encontrarme más de lo mismo, santos y
vírgenes en posturas imposibles y luces irreales, de pronto
me encontré con algo distinto, era gente "real", retratos
de hombres y alguna señora, presididos por el de Hortensio.
¿Y este insolente vestido de trinitario quién es? En aquella
sala dominaba de una manera espectacular sobre los demás.
Si todos miraban de frente, éste te seguía con la mirada por
todos lados.
No tenía ni idea de quién era pero me gustaba y fui a por
el catálogo.
Seguí buscando información de él.
Tal como intuí fue todo un personaje en su momento y eso se notaba
en la pintura: joven, con éxito como predicador y poeta (los dos
libros que tiene en la mano son una alusión directa a ambas cosas:
el grande es de teología, el libro pequeño, donde tiene el dedo
marcando su lectura, es de poemas), reconocido por su orden, con
poder dentro de su convento (tanto como para tener criados propios,
el muy sibarita), se codeó con los Góngora de su época,
la corte le reclamaba sus sermones ... qué más se podía pedir a
la vida para estar convencido de tus méritos, tal vez, que el Greco
te hiciese un retrato del que estuvo tan orgulloso como para ponerlo
en su celda mientras vivió (por cierto, hay que tener ganas de estar
al lado de una obra así, viendo como envejeces y tu retrato sigue tan
pimpante).
No le debió de importar mucho, al menos al principio, si nos fiamos
del poema que le dedicó al pintor en agradecimiento:
"Divino griego, de tu obrar no admira
que en imagen exceda al ser el arte,
sino que della el cielo por templarte
la vida, deuda a tu pincel, retira.
No el sol sus rayos por su esfera gira
como en tus lienzos, basta el empeñarte
en amagos de Dios, entre a la parte
naturaleza que vencer se mira.
Emulo al Prometeo en un retrato
no afectes lumbre, el hurto vital dexa,
que hasta mi alma a tanto ser ayuda.
Y contra veinte y nueve años de trato,
entre tu mano, y la de Dios, perpleja,
cual es el cuerpo en que ha de vivir duda".
Parece, a la vista de la obra, que el alma acabó
por instalarse en el lienzo.
¿Y porqué me gustaba? por la sobria gama de
colores, por la postura abierta y directa, por
la confianza y chulería que no esconde, por
esa verdad humana que le intuyes, ... yo que sé,
le he vuelto a ver y me sigue gustando.
Teresa
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